Esta mañana iba en el metro, con el café y la música, en mi burbuja personal en la que es difícil entrar. De repente, en la otra punta del vagón, mis ojos se han fijado en un entrañable señor mayor. Se encontraba de pie, tocando el acordeón. Ya sabemos que en el metro la gente va a su bola, como si fuésemos ganado camino de que nos ordeñen. La persona que tenemos al lado es sólo una pieza más del engranaje que compone las ciudades. Yo el primero, en mi burbuja personal. Pues este señor se dedicaba a tocar música y mirar a la gente, buscando a alguien que le cruzara la mirada para simplemente sonreírle. La verdad es que ese hombre nunca lo sabrá, pero a mí me ha alegrado el día. Después de varias paradas ha pasado por mi lado. Mis auriculares estaban en pausa desde hacía unos minutos. La música que el hombre tocaba la verdad es que no me ha parecido nada buena, pero no importa. Él solamente ponía humanidad a un vagón cargado de animales camino de la fábrica. Cuando he ido a darle alguna moneda, he comprobado que no tenía ninguna, eso me ha puesto muy triste. El hombre se limitaba a sonreír a todo el mundo sin excepción, independientemente de que le diesen algo o no.
A la vuelta a casa he cogido el metro de nuevo, misma línea. Que bonita es la vida cuando te guiña el ojo y te pone de nuevo al señor del acordeón para que te alegre el día por segunda vez. Iba con auriculares, así que no podía escuchar su música, mientras miraba al infinito del vagón le he visto. No lo recuerdo pero me jugaría todo a que he sonreído… Me he vuelto a quedar un rato observándole y me he acordado de que en ese momento sí que tenía monedas para darle. Al darme cuenta de las paradas que me quedaban para bajar, he pensado que al señor no le iba a dar tiempo a llegar hasta mi, así que me he ido acercando. El metro estaba bastante lleno por lo que no me ha dado tiempo a llegar hasta él, antes de mi parada. He decidido no bajarme y esperar, para poder ver de cerca a mi amigo y darle las monedas que tenía para él. Lo mejor de este maravilloso día no ha hecho más que comenzar.
Mi sorpresa ha sido cuando me he fijado en una persona del vagón, un joven con pinta de estudiante. He tenido la suerte de presenciar como le ha pasado exactamente lo mismo que a mí por la mañana. Meter dos dedos en el bolsillo de las monedas y darte cuenta de que no tienes. He visto como se ha puesto triste. Pero también he visto como, a diferencia de mí, ha sacado la cartera y ha cogido un billete… En este preciso momento, he decidido observar que iba a hacer el joven estudiante, y me he convertido en un mero y afortunado espectador de esta historia que os cuento.
Llegamos a una parada, todavía no estamos cerca del señor del acordeón pero resulta que es la última de la línea. Todo el mundo se baja y observo que el estudiante va decidido a alcanzar a su amigo, para darle el billete. Me voy tras él. Se ha convertido en una tarea difícil pues el andén estaba repleto de gente moviéndose hacia todos lados. Parecía una persecución de cine y recuerdo haberlo disfrutado mucho. Al fin llegamos a otro andén, el metro en el que el señor del acordeón desaparecerá de nuestras vidas está a punto de arrancar, él acelera para no perderlo. El joven corre para no perder la última oportunidad, pues el señor ya está dentro del tren. Me apresuro para mantenerme cerca del estudiante. Cuando está a punto de perder su oportunidad, alza la voz para llamar la atención del señor y en cosa de dos segundos le da el billete. El hombre le mira y le sonríe, asintiendo un gracias con la cabeza, aunque con cara de incredulidad. El joven se da la vuelta y se va pero cuando está a punto de pisar el primer escalón que te lleva fuera del andén, se gira y mira el tren que se lleva al señor. La escalera estaba orientada en la misma dirección en la que salía el tren. Así que ha podido verle pegado al cristal de la puerta, con los brazos abiertos y una sonrisa de oreja a oreja… Mientras se perdía en el túnel, probablemente para siempre.
Me sorprendo a mí mismo sentado en un banco del andén. Recordándome que después de todo, no le he dado las monedas a mi amigo. Pensando que ha merecido la pena, que no podía perturbar la escena que me había tocado presenciar. Que vaya suerte poder haber sido el único espectador de esta bonita historia. Y que gracias, a la vida en general.