Condenados a entenderse

Ella siempre quiso que yo fuera menos pasional, que pensara más las cosas y no me dejara llevar tanto por mis sentimientos. Yo siempre detesté su frialdad y cálculo, su capacidad para no hacer nada que no tuviese un análisis de consecuencias positivo para nosotros. Siempre hemos sido muy distintos, hasta cierto punto incompatibles, pero estamos condenados a estar juntos. Este diálogo cuenta una de nuestras innumerables reconciliaciones.

– ¿Otra vez estas dándole vueltas a eso? Nunca me haces caso, le das rienda suelta a tu imaginación y al final siempre acabamos sufriendo.

Dijo ella.

– No empieces de nuevo, por favor, déjame que viva como quiera, mientras sea capaz de no hacerte daño y sea capaz de portarme bien contigo.

Dije yo.

– Jamás te portas bien conmigo, siempre te advierto antes de que nos ocurran estas cosas y siempre acabamos sufriendo los dos por tu culpa.

– De eso nada, ¿acaso sólo sufrimos porque a mi me guste vivir en el presente e ilusionarme por las cosas que nos suceden? o ¿puede que suframos por tu inevitable manera de calcular todo lo que nos pasa y por no ser capaz de disfrutar aquí y ahora?

– No digas tonterías, sabes perfectamente que si yo no estuviera aquí, hace tiempo que te habrías perdido en un pozo de melancolía y depresión. Y quien sabe si en el alcohol u otras drogas.

– Ya estamos, siempre haces lo mismo. Te crees tan superior, con tu intelecto y sabiduría, que te consideras mejor que yo. Lo malo es que no te das cuenta de lo que realmente me necesitas. Lo peor es que no eres consciente de que sin mi, tu vivirías en una eterna duda de cálculos e indecisiones. Estarías atrapada en un bucle de paranoias existenciales, odio y rencor. Sin mi capacidad de vivir el momento, ponerle pasión a la vida y disfrutar de ella como si fuese a terminar mañana, estaríamos perdidos en tu mundo que nunca llega. Y nunca llega porque siempre quieres más. En cuanto conseguimos alguna de las metas que te propones, automáticamente ya quieres la siguiente. Soy yo quien te ayuda a pararte y valorar. Soy yo quien hace que por un momento podamos ser felices.

– Si claro, nuestra felicidad solo depende de ti. Y una mierda. Qué sería de nosotros si cada vez que te equivocas con tus proyectos e ilusiones acabas roto, hecho pedazos, abatido y sin esperanza. Con miedo y encerrado al mundo. ¿Que pasaría si yo no estuviese aquí para recordarte que todo en esta vida es un delicado equilibrio? Que absolutamente todo tiene un lado positivo y otro negativo. Que cada proyecto tuyo que nos destroza, también nos deja infinitos momentos de felicidad, aprendizaje, de amor y de alegría. Que el tiempo todo lo cura y lo pone en su sitio. Y que solamente cuando aceptamos el fracaso que ese proyecto nos dejó, podemos centrarnos en recordar los buenos momentos y las enseñanzas que nos aportó, aunque al final no llegara a buen puerto. Y sólo así sacaremos lo positivo y estaremos preparados para la siguiente aventura.

– La verdad es que ahí tienes toda la razón, lo siento. Es que esos fracasos me destrozan. Me hacen explotar en mil pedazos y recomponerme me lleva un tiempo. Gracias por estar ahí siempre para ayudarme a pensar con claridad. No se que haría sin ti, te quiero.

– Yo tampoco se lo que haría sin ti. Es verdad que sin tu manera de ver y valorar la vida, muchas veces me quedaría estancada en reflexiones sin sentido. Valorando todo lo que nos puede aportar cada paso que damos. Te lo confieso hoy, en todos estos años de relación, no habría sido capaz de avanzar sin tu manera romántica de ver la vida. Sin tu capacidad de ilusionarnos por todo lo que nos rodea. Sin esa manera de dejarte llevar y entregarte al momento y a las cosas que verdaderamente nos ilusionan. Sin esa virtud innata que tienes de hacerme entender que lo que nos hace realmente palpitar en esta vida, no son las cosas materiales, como yo puedo querer a veces. Las cosas que nos hacen sentir que exprimimos la vida siempre son las emociones, los sentimientos. Amar, compartir, agradecer, cuidar, ayudar… Y debemos tratar siempre de aferrarnos a ellas. De buscarlas en nuestro día a día. Y de disfrutarlas mientras duren. Que ya vendrán más.

– Así que tú sigue latiendo, corazón, que mientras este cuerpo nos aguante y tu sangre me riegue, nuestro amor durará toda la vida!


Una respuesta a “Condenados a entenderse

Deja un comentario