Mi padre tenía razón

Ahora entiendo muchas de las dudas que tuve cuando era pequeño, o más bien adolescente. Recuerdo nítidamente muchas veces en las que mi padre hablaba de alguna persona en concreto como si fuera amiga suya. Y con mucho cariño. Y yo, que estaba poniendo la oreja en la conversación de mi padre, pensaba para mí. ¿Cómo es posible que esta persona sea tan amiga suya si yo nunca la he visto?. La explicación que yo mismo le daba a mis cuestiones era que los mayores eran un poco falsos entre ellos. Y la verdad es que no me equivocaba en aquella conjetura, pero estaba completamente equivocado con el ejemplo. La sociedad hace que los mayores se engañen entre ellos, pero eso no es lo que estaba haciendo mi padre. Acerté, simplemente.

Ya tengo la suficiente edad como para haber podido experimentar lo mismo que vi en mi padre. Cada uno vive en su propio vagón de tren. Hay un número de amigos privilegiados, ellos y nosotros, que siempre están ahí. Hay amigos que lo son desde hace menos tiempo pero que a día de hoy son hermanos. Hay amigos que tienes pero que, al menos de momento, ya no comparten el día a día contigo. En alguna estación se subieron a otro tren. Hay otros también que después de andar por otras vías volvieron a nuestro vagón. Algunos por descarrile. Hay gente que estuvo en el asiento de al lado durante la carrera, el colegio o los veranos en el norte. Están aquellos que no llevan mucho tiempo en el vagón pero que sientes que su viaje será largo.

La verdad es que si ahora me preguntaran por cualquiera de las personas que han compartido mi viaje, más o menos tiempo. Hablaría maravillas y me pasaría lo que vi en mi padre. AMISTAD.

Así que ¡TÚ! si estás leyendo esto y hemos pasado buenos momentos juntos alguna vez, o por el contrario no nos conocemos de nada. NOS VEMOS EN LA SIGUIENTE PARADA.

Gracias a mi padre, por hacerme crecer con el ejemplo.

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3 respuestas a “Mi padre tenía razón

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